por Gustavo Campos
En San Pedro Sula el ambiente parecía prometedor y conciliatorio entre manifestantes a favor de la restitución del presidente constitucional Manuel Zelaya y la policía nacional. La misión de éstos últimos era una: servir de escudo de protección a La Prensa. Pocos militares los acompañaban. Desde un poco antes de que sucediera ese capítulo negro en la historia de Honduras, como fue el Golpe de Estado, ellos ya resguardaban ese periódico. El discurso de la policía consistía en el respeto a la libre circulación, asociación y reunión en las calles del centro de la ciudad de San Pedro Sula. Por supuesto, una de sus misiones era mantener el orden. En apariencia eran simples observadores. Se relacionaban pacíficamente con el pueblo hondureño. Un aire pacífico daba tranquilidad a los manifestantes, quiénes en alguna ocasión se tomaron las atribuciones de capturar a infiltrados delincuentes que perturbaban el orden público. Asimismo, los uniformados manifestaban que su presencia en las calles y avenidas cerradas se debía a la protección de los ciudadanos. Todavía el Congreso Nacional no había restringido las garantías individuales, hecho ocurrido por la tarde del día miércoles 1 de julio de 2009. Ese mismo día por la mañana comenzó la represión: gases lacrimógenos y palos dispersaron al grupo de la Resistencia Popular. Ese mismo día marchaba el grupo por la “Democracia y por la paz” en apoyo al actual Gobierno de Fato.
El miércoles 1ro de julio salió a relucir la desigualdad entre las clases sociales: mientras la policía nacional resguardaba a los protestantes más aventajados económicamente, el sector popular, centrales sindicales, gremios magisteriales, organizaciones campesinas, juveniles, sociales y grupos étnicos, taxistas y estudiantes, fueron violentamente reprimidos. Dispersaron al grupo de los más desposeídos, los que se aferran al último peldaño de la esperanza con la fe de que el presidente Manuel Zelaya continúe su mandato hasta su conclusión en enero de 2010. Decenas de heridos fueron llevados al hospital. Por la tarde había disminuido la multitudinaria marcha que había agradecido el reportaje de CNN en Español, tanto que elaboraron pancartas con el siguiente mensaje: “Gracias CNN, por trasmitir la verdad”. Cinco calles abajo, el grupo de manifestantes de clase media alta y alta criticaban a CNN por trasmitir la otra cara de la realidad hondureña, no la oficial avalada por los grupos de poder económico y político, y militares, sino la censurada, la reprimida, la perseguida por militares por órdenes superiores.
Un día después, jueves 02 de julio, a tempranas horas de la mañana, una vez aprobado por decreto la suspensión de las garantías constitucionales como ser el artículo 69, 71, 78, 81, 99, llegó un contingente de cientos de militares a desalojar a los manifestantes que durante cuatro días se habían pronunciado en el parque central de San Pedro Sula y que ocupaban un segmento de la primera calle y tercera avenida. Habían congregados miles de manifestantes desperdigados por medio de una violencia más brutal comparada con la del día anterior. El resultado fueron cientos de heridos. Mientras que en otro sector de la ciudad, en la colonia Los Andes, los policías protegían a los manifestantes de la empresa privada y sus empleados. Algunos de ellos aseguraron haber sido amenazados con despidos. Sin embargo, cuando los reporteros de los medios oficiales televisivos los entrevistaban, no era de esperarse que contestaran con la verdad. El ojo público podía tomar represalias contra ellos. Los defensores de “La paz y la democracia” y del Golpe de Estado no fueron violentados en sus derechos. Son los únicos que gozan de las garantías individuales restringidas por el Congreso Nacional y que manifestaban su rechazo a CNN con la consigna en carteles: “Chávez News Network” y contra el presidente de Estados Unidos Barack Obama por su no reconocimiento ante el actual gobierno de Honduras. El error de CNN fue haber mostrado imparcialidad al documentar los sucesos y por equilibrar las noticias entre ambos grupos manifestantes.
Asimismo se agredieron periodistas y confiscaron cámaras. A un par de amigos periodistas los golpearon y capturaron por la tarde cuando sólo se dedicaban a mirar en la esquina del Banco Atlántida, intesección entre la primera calle y tercera avenida. Cuando a ellos los metieron en la posta móvil ambos mostraron su carné de periodista, a lo que un militar respondió: "me vale verga de que medio seás". Llamaron al periódico donde laboran y minutos después fueron puestos en libertad.
El centro de la ciudad continúa cercado por cientos de militares, policías y cobras, a petición de los grupos empresariales, por las pérdidas registradas en los últimos días por los negocios cerrados y dañados. También por la orden de evitar que el pueblo hondureño se congregue para que las noticias no trasmitan manifestantes en contra del actual gobierno golpista.
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